Creernos sin memoria…

Creernos sin memoria

Por Cristóbal González Lorca

Viví fuera del país ocho largos años, desde 1987 hasta 1995. Cuando llegué a Santiago yo tenía 18 años cumplidos. Recuerdo que en diversos ambientes oía hablar acerca de los familiares de los detenidos desaparecidos, y bueno, yo sabía perfectamente de qué se trataba el tema. En el exterior se hablaba de ellxs. Sin embargo, cuando en algunos circuitos oía hablar acerca de lxs presxs políticxs, sinceramente, yo no entendía bien y me confundía, “¿presxs políticxs? pero si ahora estamos en democracia, ¿cómo hay presos políticos?” me decía a mí mismo, ingenuamente, sin entender.
De a poco fui comprendiendo la historia y la realidad de muchxs jóvenes -y no tan jóvenes-, que habían pertenecido a grupos que habían enfrentado a la dictadura utilizando las armas; movimientos dignos y potentes como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), o el Mapu-Lautaro: todos ellos hicieron, ciertamente, uso del derecho a la rebelión en los años 80, un derecho que está reconocido por las Naciones Unidas en ese tipo de contextos, como algo válido y necesario. “Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada una de sus
porciones, el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes”, dice el artículo 35 de la ONU.
Sin embargo, algunos miembrxs que integraron estos movimientos en la dictadura, mantuvieron una lógica de combate que trascendió el plebiscito del 88 y que se extendió incluso a los primeros años de la democracia; la razón de esta extensión se debe a que la chilena era, en realidad, una democracia muy precaria y contradictoria, que no le brindaba totalmente al pueblo aquello por lo que tanto se había movilizado y que tampoco perseguía – realmente – a los violadores de los derechos humanos.
La operación de ajusticiamiento que acabó con la vida del ideólogo de la dictadura Jaime Guzmán, se enmarcó, de hecho, dentro de una campaña llamada – justamente-, campaña contra la impunidad. Y es que si en Chile hubiese habido algo similar a los juicios de Nuremberg, Guzmán, como soporte intelectual de un régimen que implantó el terror, sin duda hubiese sido juzgado como cómplice intelectual, porque eso fue. Pero eso, juzgarlo, era imposible en el Chile de comienzos de los 90, un país que le brindaba absoluta impunidad tanto a los violadores de los derechos humanos como a quienes habían sostenido institucionalmente esas estructuras, recién hoy se ha empezado a hablar de ello, de las culpas de los llamados “civiles de la dictadura”.


Es importante tener presente que lxs integrantes de aquellas agrupaciones de resistencia contra la dictadura y el olvido. No eran delincuentes, eran luchadores sociales. Podemos tener diversas apreciaciones sobre ellxs y sobre algunas de sus decisiones, pero hoy creo que está claro que la persecución que esas personas vivieron en dictadura y después, fue política, no judicial; ellxs eran, que duda cabe, elementos incómodos para el equilibrio que se intentaba sostener post dictadura, y es por eso que los gobiernos de Aylwin y Frei decidieron que a esos grupos había que intervenirlos, disolverlos, agotarlos, sacarlos de la contingencia y sobre todo de la memoria e historia de Chile.
“Recuperamos la democracia con un lápiz y un papel”, era el discurso Laguista, ese discurso oficialista pero discutible que negaba años de movilización y lucha armada, una lucha que contribuyó al debilitamiento de la dictadura pero que no era debidamente reconocida. De alguna forma los laureles se los llevaban los líderes políticos que llegaron desde el exterior y el exilio a explicarle al país como había que hacer las cosas ahora.
Algo de esto se retrata en el tema “Los Tangolpiando” de Mauricio Redolés, donde se narra la historia de una señora mayor que luchó contra la dictadura y se desilusiona al ver en que se convirtió todo:
“Y la viejecita hizo barricadas, expropiaciones, recuperaciones, puso bombas, hizo llamadas falsas, sapió a los sapos”, dice parte de la letra del tema. “Estuvo en las barricadas del 83, repartió panfletos, tuvo un bistataranietosobrino que fue preso político, la viejita le tiró una botella de vino al cura Hasbún ¡Oye! ¡Putas que huevió la vieja, oye! Y siempre suspirando y diciendo: ¡Cuando llegará el Socialismo! Y toitito fue pa’ pior, ¡Hijuna! No llegó el Socialismo… llegó la alegría, y con la Alegría llegaron de nuevo, los mismos Líderes del Socialismo. Bajaban de los aviones enfundados en sus ternos blancos. Sus gabardinas fucsiamarrón, sus gamulanes de Dinamarca, sus pañuelos de Milán….”, dice la viejita en relación a esas figuras que de una u otra forma se quedaban con el crédito de haber -ellxs- recuperado la democracia.


“Pero digamos las cosas por su nombre de una vez por todas: a la dictadura no se la derrotó con un lápiz y un papel, ése fue sólo un acto, un nanosegundo en 17 años. Nada hubiese sido posible sin la lucha multidimensional que se llevó a cabo durante casi dos décadas”, dice en su libro el sociólogo y ex frentista Tito Tricot, relevando el aporte de movimientos como el FPMR al proceso.
Con los años, analizando la historia y todo lo que vivieron los frentistas y los otros activistas que fueron detenidos, que estuvieron presos, o que tuvieron que irse del país sin poder volver a Chile, he entendido mejor lo que realmente ocurría en los años 90, he comprendido mejor ese antiguo cántico de las marchas que hoy ha vuelto a sonar con fuerza y que dice: “No estamos todos, faltan los presos”.
Pienso en este tema y me recuerdo a mí mismo, el año 96, tocando en una pequeña salsoteca en la calle San Isidro, un día de semana, con Santo Barrio, Los Fiskales, Sandino Rockers y otras bandas, en un concierto organizado por los Fiskales, justamente, en apoyo a los presos políticos de mediados de los 90. El dueño había facilitado la salsoteca para esta tocata punk-ska-combativa, una tocata que prometía, aunque siendo sincero, si había 50 personas allí, era mucho decir. Y es que mucha gente desconocía esa problemática; shows así no se difundían en los medios. Nadie sabía, ni entendía bien. No llegaban personas a estos eventos más que familiares o gente muy cercana. Las palabras “presos políticos” eran complejas para la prensa, el tema no estaba visibilizado y los medios no ayudaban tampoco a visibilizarlo.
El mismo número de gente que recuerdo haber visto en dicha tocata (50 personas) fue el que vi hace unos años (2019, 23 años después) en un concierto en apoyo al Comandante Ramiro, en la salsoteca Maestra Vida, donde estuvo el citado Mauricio Redolés. Es muy triste percibir eso, el olvido al que esos luchadores han sido confinados siempre. La injustica histórica de Chile. En los 90 y hoy.
Creo que, si para alguien aplica ese duro concepto del “pago de Chile”, de esa ingratitud, es justamente para ellxs, para quienes en dictadura lo arriesgaron todo, y luego, en vez de reconocimientos, recibieron lo opuesto, condenas y el olvido como pago.
“Recuperamos la democracia, no nos dieron ni las gracias”, era una frase de un grupo del canto nuevo, otro movimiento (pero musical) olvidado, otra ingratitud.


La misma, exactamente la misma, que hoy tenemos para con lxs presxs de la revuelta, muchxs de ellxs muy jóvenes, por cierto. Ganó el apruebo en el plebiscito del 25 de octubre y celebramos, pero de algún modo, también, nos olvidamos de quienes perdieron sus ojos y de quienes aún están detrás de uno oscuros y fríos barrotes.
Con virtudes y defectos, películas como “Matar a Pinochet” o “Pacto de Fuga”, nos demuestran el valor de una protesta, de una barricada, de la lucha; nos explican por qué a veces el pueblo debe golpear la mesa y cruzar ciertos límites si queremos ser escuchadxs. Nos explican porque a veces, ésa sí es la forma. Si la movilización del 2019 no hubiese sido como fue, no habría logrado mover la agenda del gobierno.
Por eso todas estas personas que hoy están presas, la gente de los 80 y la actual, no deben ser olvidadas, algo le debemos a cada una y tenemos que visibilizarlas. Exigir su libertad.
Escribo estas líneas ad portas de una sesión en vivo para Radio Plaza de la Dignidad, en donde Santaferia tocó con Gustavo Gatica[1], en apoyo a lxs presxs de la revuelta. No olvidemos a los presxs políticxs, a Ramiro, a los presxs políticxs Mapuche, pidamos todxs su liberación.
No olvidemos todo lo que ellxs sacrificaron. Lo más resbaladizo, como diría Gustavo Cerati, es eso: Creernos sin memoria.

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[1]Gustavo es un estudiante chileno, fotógrafo y activista social, que perdió la visión de ambos ojos en las
manifestaciones del llamado estallido social, el año 2019 en Chile, por parte de los disparos de la policía. Junto a él, más de 400 personas han perdido, parcial o totalmente la visión debido al asedio y la violencia de
carabineros de Chile.