Crónicas del inframundo. Las crónicas de un músico en el Metro de Santiago; “las venas abiertas de la metrópolis chilensis”…

Por ClaudioBenavidesRiquelme

Músico. Sociólogo. Escritor.

Tiempo estimado de lectura, 5 minutos.

El libro Crónicas del Inframundo; memorias de un cantor en el Metro de Santiago: después del estallido y antes de la pandemia, es un retrato del arte urbano  en contextos políticos y sociales de una brutal efervesencia. Es un capítulo de mi vida. Un libro lleno de artistas y disidencia.

Hasta antes de la pandemia, trabajé haciendo música en los vagones del Metro de Santiago. Entré un millón de veces disimulando ante las cámaras de vigilancia y cargado con una guitarra a cantar como si se me fuera la vida. Observo. Miro los rostros cansados de la mañana de un lunes. Miro el color de las caras. Los pliegues en la piel de las abuelas que me miran, a veces dichosas, y otras veces con una penetrante y hosca mirada que me hace titubear. Pienso muchas cosas cuando toco. En otras oportunidades, que resultan siempre ser las mejores, no pienso absolutamente nada.

La música en estos terrenos es como un oasis en el desierto. Un escenario improvisado que improvisa voces, coros y aplausos reservados para ciertos instantes de la vida social. No para el Metro. No para ese lugar que carece de tiempo y relación con la vida profunda que tenemos dentro de nosotros. Los vagones del tren disimulan la pobreza interior de sus interiores. Disimulan la ignorancia de carteles, donde la publicidad bombardea a niños, niñas, madres, abuelas, obreros, estudiantes, con deleites ficticios que llaman al apego y la codicia. Todo esto, en una caja de zapatos que traslada a seres humanos que por lo general lucen cansados. Agobiados de esta vida de trabajo y familia.

Es que lo veo. Cuando decidí bajar al inframundo del Metro de Santiago no reparé en que descendía al corazón mismo de la ciudad, o mejor dicho, a las venas abiertas de la metrópolis chilensis. Por ahí, confluyen miradas. Sudores. Cercanías. Amores. Vendedores ambulantes que irrumpen silenciosxs entre la gente para sacar de sus maletas camufladas, algún producto novedoso que mitigue aún más, los malestares del día a día. Un chocolate. Un alfajor. Una gomita de menta que es la panacea. Ahí se confunden ladrones y profesores. Madres y niñas. La vida parece estallar en presiones latentes. Todos parecen querer gritar… y nadie grita.

Las primeras veces que caminé silencioso entre los pasillos de los vagones sentí nostalgia. No era un pasajero más, estaba ahí con una intención concreta. Tenía algo que mostrar. Podía dar una palabra. Quizás, pensaba, la abulia con que me encontraba todos los días tenía remedio. Aunque fuera simplemente un analgésico, creía, y creo que aún creo, que podía observar en cámara lenta cómo algunos rostros antes impávidos frente a la vida, urdían un nuevo gesto al compás de la guitarra. Funcionaba. Cuando lanzaba la artillería folclórica la gente miraba curiosa. No esperaba una canción en sus caras saludando al día. Música! Un poco de algo, cualquier cosa, cualquier movimiento que desatara una pisca de sabor al trayecto. Día a día encontraba rostros amigos. Experiencias. Saludos. Dinero en efetivo que ganaba de manera muy diferente a como el resto de los sociólogos se gana el pan.

5 años de estudio para terminar cantando en el Metro dirá usted. Pero ese juicio me parece tierno, y la experiencia de hacer música en los espacios públicos, un acto de amor.  Me parece cercano. Me parece más real que la vida de escritorio. Me parece un poco más diáfana la experiencia de vivir cuando me enfrento a ella sin prejuicios. Las atalayas no me han sido cómodas jamás. Desde que estaba en la universidad me irritaba la soberbia de profesores que me explicaban cómo era la vida social y cómo funcionaban los “diversos actores”, a propósito de categorías y análisis elevados, datos, antecedentes y encuestas que me llevaban a una especie de masturbación intelectual que no me mostraba nada más que una idea preliminar, superficial, elemental, de lo que nos pasa cuando vivimos el capitalismo, el abuso de las instituciones, el control y la vigilancia sobre nuestros pellejos.

Es todo un mundo el que se vive ahí abajo. Hay funcionarios que no ven la luz del día. Hombres y mujeres que uniformadxs, cual militares inconscientes, comparten el café de la mañana y el beso hastiado de la vuelta a casa. Algunos tienen el complejo rol de evitar que las personas traspasen una línea amarilla que marca el destino, antes de que el tren abra sus puertas. Ellos no traen pistolas. Cuentan con un gracioso gorro rojo y un chalequito que los identifica más con la imagen de la empresa que consigo mismos. Hay otros que visten de azul. Portan armas. Traen un bastón inmovilizador de músicos. Radios. Botas y cinturones imponentes. Una sonrisa que intentan disimular para no perder la seriedad que les da el poder. Ellos vigilan. Ellos interrumpen Samba Lando en medio de las protestas de la gente. Ellos bajan con violencia, a veces incomprensible, a quienes buscan hacer de los trayectos subterráneos un espacio para “ganarse la vida”. Porque la vida, al menos en Chile, debe ser ganada. Si no es posible comprarla, al menos se debe competir por ella. No, si la vida no es fácil…

Uniformes azules. Pistolas. Suena fuerte cierto? Pues lo es.

Siempre que miro a los guardias del Metro, y hoy los observo detenidamente, me quedo con una extraña sensación. No es pena. Tampoco es rabia. Menos indiferencia. Siento una extraña curiosidad por ir más allá de la tela y de las botas. Me pregunto por sus familias. Por los turnos desgastantes y la ingratitud de su tarea. Pienso que son trabajadores. Que no quieren sacarnos de ahí, porque también les gusta la música. También, a veces, se quedan escuchando, y dejan que pidamos las monedas mientras nos miran esperando una sonrisa de vuelta, entendiendo bien adentro, que no le ven el sentido a lo que hacen. Recuerdo mi formación sociológica y las grandes palabras como Enajenación. Hacerse ajeno a sí mismo. Separarse de su centro emocional, para convertise en un operador. En un autómata. En un ser humano que funciona porque “la vida es así”, con una mezcla de resignación y sometimiento rayano en la locura. O en la neurosis, que es peor.

 

Miro y miro a la gente sentada. Con audífonos en su mayoría. Ojos semi cerrados sosteniendo el cuerpo recto para simular fortaleza. Seriedad, para disimular la tristeza. Rechazo, para evitar el contacto. El celular como primerísima prioridad; dispositivo comercial de evasión y control de nuestros pasos. Un sinóptico de fachadas a la carta. Distracción. Juegos por montones que nos impiden mirar lo que vida nos pone en frente.

“Living is easy with eyes closed”

Aún así, el inframundo del Metro de Santiago se ha convertido en un objeto de estudio que me pone a mí en una tarea de auto-observación en la que me reconozco cansado, abúlico a veces, y otras tantas, alegre y festivo, como esas personas que cantan sonriendo la canción que les regalo. Como esas personas que dan una moneda entendiendo que ahí no se juegan las finanzas del país, pero que demuestran con ese gesto, la gratitud y el amor, que a pesar de nosotros mismos, la ciudad nos arrebata, como si el apagón cultural heredado de la dictadura militar, se manifestara  hoy naturalmente, convirtiendo la persecución de cantores y músicos urbanos, en “parte del trabajo”.

Ingrata la vida por estos lados. Pero bella cuando uno entiende lo transitorio de nuestros pasos. Bella porque sigue habiendo en el corazón de las personas, ese destello que ilumina los lugares, o los no-lugares de Santiago, con la sonrisa de quien sabe que la experiencia de vivir es tan personal como colectiva, y que el trabajo, aún cuando ocupe nuestras horas, o nos impida respirar más que aire artificial, no es la vida, aunque a veces creamos en esa desesperada ficción.

Vivir es fácil con los ojos cerrados, pero de vez en cuando, podemos ver frente a frente aquello que nos ocultamos por ignorancia o desidia.

Este libro es la muestra de un paisaje que todxs hemos experimentado, pero que solemos no valorar. En pleno estallido social, dediqué mis días a escribir inmediatamente después de ocurridos, los momentos más emocionantes, difíciles o desafiantes de mi interacción diaria con las personas. Eso, hasta la llegada de la pandemia. Ahí cambiaron las capuchas por mascarillas y las multitudes por ausencias y encierros. 

Ya en casa, decidí recopilar y diagramar. Revitalizar este proyecto editorial y convocar a diferentes artistas. Uno de ellos, fue el gran Marcelo Escobar (@escomarcelo) ilustrador de gran trayectoria que dibujó las historias que dan cuerpo a este libro. El libro lo prologan Luis Le Bert, vocalista de Santiago del Nuevo Extremo y Cristóbal González, exbaterista de Santo Barrio, actualmente manager de Santa Feria y actual ganador del premio Pulsar a ‘Mejor Publicación Musical Literaria’ con su libro “Latinoamérica es grande: La ruta internacional de Los Prisioneros”.

Este hermoso proyecto incluye la liberación de nuestro libro de manera gratuita desde su lanzamiento (29 de agosto) por un periodo de tiempo específico para su descarga, y al mismo tiempo, la posibilidad de acceder a él, comprando el artefacto libro que será producto del trabajo manual y personalizado de 2 artistas encuadernadoras que harán los libros bajo la antiguas técnicas de encuadernación japonesa y medieval. Me llena el pecho. Porque además, el proyecto es un homenaje a lxs artistas itinerantes del inframundo santiaguino y a todxs aquellxs que a través de la música, cultivan la contracultura del arte urbano y popular. 

Crónicas del inframundo es un viaje a las venas abiertas de la metrópolis, y como plantea Cristóbal en su prólogo, retrata al verdadero underground del arte chileno. 

Que siga sonando la música entonces…