El uso de lenguaje inclusivo en español; ¿elles, ellxs, ell@s?

Este artículo habla del Lenguaje Inclusivo y su importancia en el reconocimiento de identidades de género diversas y la necesaria supresión del sexismo en el lenguaje. “Esta discusión va mucho más allá de lo lingüístico; tiene relación con el poder. Son quienes tienen el poder quienes deciden qué lengua se habla, cómo se habla, dónde y cuándo se habla. La lengua ha sido históricamente un terreno de lucha, en donde sectores minorizados han exigido visibilidad”.

Por Lía Villalobos

Durante mi último tiempo como estudiante de pregrado empecé a ver que algunes profesores y compañeres utilizaban el símbolo @ como forma de incluir a hombres y mujeres en sus comunicados y correos. Luego, descubría con sorpresa y alegría, cada día más rayados por las calles de Santiago que utilizaban la x como medio para evitar marcas de género. La desigualdad entre hombres y mujeres, y la violencia contra la población LGTBIQ+ siempre fue un tema para mí. Cada oportunidad que tenía para hablar o visibilizar este tema, la tomaba, como una forma de sanar la herida de injusticia que tanto me dolía y aún me duele. Esta rebeldía ortográfica me pareció fascinante, por lo que, sin averiguar demasiado, comencé a utilizarla, basándome en lo que veía en las calles, en las redes y en el entorno universitario. Al comienzo fue algo instintivo. Primero, preferí el uso del arroba, ya que por su forma parecía ser una a y una o al mismo tiempo. Como estudiante de lingüística esto me parecía más realizable, ya que economizaba palabras, no era necesario escribir niños y niñas, alumnos y alumnas… que con el tiempo se vuelve majadero, porque la economía es una condición esencial del lenguaje. La forma más rápida y concisa, la que entregue más información en menos palabras, es decir, la más económica siempre será la más utilizada en el habla del día a día. Con el tiempo el uso de la x capturó mi atención. Una x era constancia de una rebeldía que no deseaba imitar a la lengua misma y sus mecánicas de funcionamiento. Era tan rupturista que ni siquiera te permitía una lectura mental fluida. Simplemente generaba un cortocircuito. Y con el mismo chispeante encanto con el que me atrajo, al poco tiempo me agotó. La falta de una correlación entre lo que se escribe y lo que se lee terminó por incomodarme ¿Cómo podría hacer un statement de inclusión cada vez que hablaba, si no existía una forma de pronunciar esta nueva manera inclusiva de expresar? Una vez que comencé a seguir a las líderes de los movimientos feministas que se gestaban hace 10 años, conocí el uso de la e como lenguaje inclusivo. Apenas lo leí por ahí, lo adopté. La “e” parecía perfecta. Se escribe y se lee igual, nos permite materializar esta aseveración cada vez que hablamos. Nos permite elegir incluir y no excluir. Nos permite una alternativa viable, que funciona en el habla y que es económica. Sin embargo, y por más perfecta que parezca, no está exenta de cuestionamiento y polémicas.

Como exploradora instintiva del lenguaje inclusivo, he atestiguado acaloradas discusiones, apasionadas declaraciones y videos virales, en los que vi a diferentes instituciones, o personas investidas de cierta autoridad debatir acaloradamente sobre el uso del lenguaje inclusivo argumentando su total inutilidad, y calificando de absurdos los esfuerzos de organizaciones LGTBIQ+, feministas y de mujeres por plasmar en el uso del lenguaje la inclusión, el sentido común y la empatía. La discusión en torno a incorporar todas las identidades en nuestra habla es constantemente llevada hacia una esfera académica, bajo la creencia de que estas instituciones, o quienes pertenecen a ellas tienen la autoridad para aleccionar y dictaminar lo que está bien y está mal al escribir y hablar. Incluso, se cree que tienen la última palabra en lo que respecta a aprobar o desaprobar el uso del lenguaje inclusivo. Desde estas instituciones se declara que la gramática es ajena al machismo que existe en nuestra sociedad. La RAE en su Nueva gramática española (2009) afirma que el uso del masculino corresponde al género no marcado (neutral y que abarca a todas las personas) y que el femenino corresponde al género marcado (no es neutral y no abarca a todas las personas). Lo define así: «El “género no marcado” en español es el masculino, y el “género marcado” es el femenino. (…) La expresión “no marcado” alude al miembro de una oposición binaria que puede abarcarla en su conjunto, lo que hace innecesario mencionar el término marcado». Luego hace hincapié en que a menos que el contexto pueda ser confuso, no es correcto el uso del circunloquio (los y las estudiantes, chilenos y chilenas, doctores y doctoras, etc.). Pareciera que académicos y miembros de la RAE suscriben a estas declaraciones en absoluta unanimidad, pero es sólo una apariencia. En el año 2012, la RAE rechazó el uso de guías de lenguaje no sexista, emanando un informe, al que suscribieron sólo 26 de los 44 académicos que la conforman. Inés Fernández- Ordóñez, filóloga española y académica de la RAE declaró: “A dichos colectivos se les ha hecho ver que la estructura de nuestra lengua funciona así, pero proponen cambiarla y, es más, lo practican. Deben ser respetados. La lengua supone cambio permanente [… y], lo mismo que en los últimos años, en pos del panhispanismo, desde la academia se han aceptado como válidos usos de cada país de habla hispana, debemos permanecer atentos y abiertos a todo cambio.”

Es importante recordar que la lengua muta a través del tiempo y responde a los cambios que se manifiestan en la sociedad que le da vida. Cada generación crea, modifica e incluso reasigna significado al vocabulario y las expresiones que usamos, y estos cambios responden a las prácticas sociales de quienes se comunican a través de la lengua. No olvidemos que el español chileno, que tan férreamente algunos defienden como un cristal que pudiera quebrarse, proviene del latín vulgar, usado en las calles por el pueblo que no tenía acceso a educación, que luego incorporó voces arábicas, por la llegada de los moros que ocuparon durante 8 siglos la península ibérica y que se amalgamó con el habla de los pueblos que habitaban este territorio antes de la llegada de los invasores españoles. Es decir, nuestra habla es una expresión de nuestra historia, es testigo de los cambios, es una manifestación de nuestra identidad. Y es por lo mismo que es esencial recordar que los dueños y señores de la expresión somos nosotres. Que tenemos en nuestras lenguas el poder de ser empáticos. Que el gesto de incluir en nuestra habla el uso de lenguaje inclusivo es RECONOCER la existencia de otre. Que esta discusión va mucho más allá de lo lingüístico; tiene relación con el poder. Son quienes tienen el poder quienes deciden qué lengua se habla, cómo se habla, dónde y cuándo se habla. La lengua ha sido históricamente un terreno de lucha, en donde sectores minorizados han exigido visibilidad. En donde han batallado por su permanencia. La lengua es un lugar de resistencia. Si no me creen, pregúntenselo a una madre mapuche que cría a su hijo en su propia lengua. Pregúntenles a los descendientes de pueblos indígenas que fueron cruelmente exterminados por mercenarios, por qué luchan por reconstruir, recuperar y hablar su lengua. Si no me creen, pregúntenselo a una persona trans, cuando decide hablar de sí misme haciendo uso de sus pronombres, los que le identifican, los que le hacen sentirse elle misme. De acuerdo a Jiménez y Román “El lenguaje no es una mera herramienta mediante la cual expresamos y comunicamos nuestros pensamientos. El lenguaje hace pensamiento, se piensa cuando se habla y, al mismo tiempo, representa y construye realidad. Es el sentido y medio central mediante el cual entendemos el mundo y construimos la cultura (p. 175).

La controversia en torno al uso del lenguaje inclusivo nace a partir de una creencia errónea: Que la lengua es un ente rígido, que se regula mediante instituciones (por ejemplo, la RAE) que nos entregan la norma y nos enseñan cómo usar nuestra propia lengua. La realidad es exactamente al revés. La lengua no funciona de manera prescriptiva, el habla no espera el permiso de nadie para florecer y crear. El habla crea, el habla florece, y luego las instituciones y academias estudian lo que ya está, y nos cuentan cómo funciona. No es al revés. Primero se habla, luego se estudia y se publica. El lenguaje inclusivo es parte de esta reforma social, es parte del cambio de mentalidad. Que nos neguemos a ello responde a un conservadurismo egoísta o a un sometimiento complaciente frente a quienes nos dominan económica y culturalmente. No le temamos al monstruo que deformará nuestra lengua. La lengua es un sistema, y como buen sistema lo que funciona se incorpora, y lo que no, muere. Es por esto que creo que el uso de la e llegó para quedarse, porque funciona, a pesar de las polémicas en torno a su uso. Las polémicas no solo emanan desde la institucionalidad. También hay grupos feministas que rechazan el uso de la e como género neutro, ya que esto invisibilizaría a las mujeres, pues corresponde al uso para personas que no se identifican dentro del binarismo hombre-mujer. Es por esto que las últimas tendencias muestran la incorporación del sufijo ex como manera de incorporar el género neutro y lo no binario, y al mismo tiempo permitirnos pronunciar la palabra y no sólo escribirla, pudiendo decir por ejemplo, todex en lugar de todos, todas y todes.

No hay una versión oficial de cómo utilizar @, x, e o ex, a esta altura apuesto por hacer una elección, con lo que más nos haga sentido, lo que nos parezca más respetuoso y empático. Estamos viviendo una revolución del pensamiento, y eso tocará indudablemente nuestra habla, hasta que la propia lengua haga el trabajo de dejar lo que funciona, y dejar atrás lo que no. Les invito a intentarlo. El lenguaje inclusivo está aquí. No se irá. Genera incomodidad porque implica el reconocimiento y visibilización de la identidad de otra persona. Personas diversas, que han sido históricamente oprimidas. Es un gesto básico de humanidad, reconocer al otro en lo intrínsecamente humano: el lenguaje.

 

Referencias:

  • https://elpais.com/cultura/2016/10/11/actualidad/1476204624_012306.html – Jiménez y Román (2011). Lenguaje no sexista y barreras a su utilización.
  • Un estudio en el ámbito universitario. Revista de Investigación en Educación: https://idus.us.es/handle/11441/68433 – https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-58112019000200377 ( Sanchez- Mayo)