¿Protección o castigo?: La privación del juego en residencias administradas por el Estado.

“Se señala que aunque el juego figura como un derecho elemental en la Convención Internacional, éste no está contemplado dentro de las orientaciones técnicas de los organismos encargados de restituir y velar por los derechos integrales de la infancia. Particularmente los CREAD. A la altura de los muros, había que agregar que las rejas extendían la distancia entre el encierro y la libertad. No lucía como un hogar de niños y niñas. No parecía un espacio de protección. Estar ahí se sentía como un castigo y las rejas simbolizaban las ganas de escapar que albergaba en los sueños de un gran número de niños y niñas”.

 

Por Sebastián Almuna

Sin duda, los recuerdos más gratos de nuestra infancia son aquéllos que están marcados por el juego. Éste significa, según Piaget, una asimilación paulatina y empírica del entorno en el que nos desarrollamos, sin considerar las limitaciones propias de su adaptación. Es decir, el juego debería invisibilizar los rastros de la exclusión y la pobreza en la infancia. Incluso, el juego de roles, que bien podrían experimentar niños y niñas desde los dos años, permiten en su imaginario, desprenderse de las amenazas presentes tanto en su entorno socio-cultural, como familiar. A través del juego, se pueden conjugar en un mismo espacio, distintas variables atingentes a patrones raciales, culturales, sexuales, de género y espirituales, desprendiendo de su haber el prejuicio y la diferencia.

La creatividad y la imaginación trasciende a las condiciones socioeconómicas y a cualquier característica socio-cultural. Podemos ver niños y niñas jugando en Bajos de Mena1, La Araucanía, Viña o Las Condes. Sin embargo, el Observatorio para La Confianza2, señala que aunque el juego figura como un derecho elemental en la Convención Internacional, éste no está contemplado dentro de las orientaciones técnicas de los organismos encargados de restituir y velar por los derechos integrales de la infancia. Particularmente los CREAD3 (SENAME, 2016, pág. 26).

Del mismo modo, la observación del www.indh.cl es particularmente crítica al referirse al desarrollo de actividades extraprogamáticas en los centros residenciales del país. Indica que, al referirse a diversos tipos de actividades posibles, tales como ir al cine, al teatro, participar en talleres deportivos o grupos, jugar con otros niños y niñas fuera del centro y recibir visitas de amigos/as externos a la residencia, un 50% de los niños y niñas reportaban que las realizaban “nunca o casi nunca” (INDH, 2018, pág.14).

Lo preocupante, es que la ausencia del juego y la recreación se presenta particularmente en aquellos espacios que más lo requieren. Aun reconociéndose el juego como un canal fundamental de nuestras emociones, talentos, recursos personales y de nuestra construcción abstracta de la realidad, éste ha quedado marginado de cualquier oferta terapéutica en los organismos estatales, quienes paradójicamente alardean de un “enfoque de derechos transversal”. Lo cierto, es que, en la práctica, las buenas intenciones plasmadas y comprometidas en la Convención Internacional sobre los Derechos de niños, niñas y adolescentes4, (en la cual Chile figura como “Estado Parte”), culminan con una selección minuciosa y sustentable de aquellos derechos en los que se pondrá especial énfasis. Es decir, el Estado discrimina y selecciona los derechos en los que se focalizará la intervención a fin de reducir funciones y gastos públicos, corrompiendo el principio fundamental de la CIDN, donde se establece que los derechos son inalienables5.

Cuando comencé mi trabajo como Educador Social, particularmente en el CREAD Galvarino de Estación Central, supe que el foco central de mi desafío como actor del área social, era promover un cambio conceptual acerca de cómo se interpreta en Chile el respeto por los derechos de niños y niñas. Replantear a nivel profesional, institucional, barrial, familiar e individual la visión que tenemos de la infancia, y fundamentalmente, el paradigma de ser personas a las que debemos cuidar de las múltiples amenazas que ofrece la realidad, y no de seres que requieren desarrollarse íntegra, entretenida y saludablemente. Choqué con una institución que oscilaba cruelmente entre los escasos recursos económicos y estructurales, el maltrato hacia los niños y niñas por parte de algunxs educadores y la muerte de quienes llegaron allí para ser protegidxs.

Todo comenzó con la entrevista de trabajo, marzo del 2016. Hice ingreso por los portones de la calle Bascuñan Guerrero justo en el momento en que uno de los guardias resolvía a duras penas un conflicto con el padre de un niño que allí residía. Fue con escándalo. Recuerdo al adulto, que con sólo una patada rompió la chapa de la puerta eléctrica mientras exigía ver a su hijo. No podía, tenía una medida cautelar por violencia intrafamiliar.

Cuando entré en la oficina de la directora, su primera mirada se centró en mis tatuajes y mis aros. Ella vestía impecablemente un traje de tela y blusa, lucía un balayage sutilmente mantenido y tacos que, para mí, la ubicaban en otro planeta si lo comparaba con las características y el clima del espacio. “Acá no puede usar aros, imagínese un niño se los tira”, me dijo de entradita después de saludarme mascullidamente. Me preocupó que pudiera existir tal acercamiento corporal con un niño o niña, “si tiene que contener a uno, ellos tienen fuerza y tiran (golpean) para todos lados”. Guardé un silencio tímido y asumí. Sabía que ningún niño o niña estaba ahí por su cuenta. Es más, sabía que con mucha suerte encontraría a algunx que le otorgara un sentido de protección, cuidado o entretención a ese espacio. También sabía que una “descompensación”, como se le llama al sufrimiento espontáneo y rebalsante de los niños y niñas, estaba a la vuelta de la esquina.

Fue un correo el que me avisó que comenzaría allí mi carrera como Educador Social, estaba emocionado pero alerta y consciente a las dificultades que se asomaban.

Mi primer diagnóstico, a priori y de la guata, tuvo relación con la infraestructura. Muros lisos a medio pintar, el pasto sintético a pleno sol, casi fundido, quemaba las zapatillas “estándar” que se entregaba a niños y niñas cuando ingresaban. Los murales que alguna vez adornaron la cancha del CREAD, lucían como espejismos imprecisos de la ilusión de un pasado mejor, que en realidad, nunca existió. Tenía una cancha techada que parecía de lujo, recién inaugurada, pero sólo era posible utilizarla bajo la justificación técnica y burocrática de alguna actividad extra programática; nada de espontaneidad. Una pelota y tres mesas de taca-taca simbolizaban toda la felicidad que de la casa dos, de niños, donde realicé mi primer turno. A la altura de los muros, había que agregar las rejas que extendían la distancia entre el encierro y la libertad. No lucía como un hogar de niños y niñas. No parecía un espacio de protección. Estar ahí se sentía como un castigo y las rejas simbolizaban las ganas de escapar que albergaba en los sueños de un gran número de niños y niñas.

La distribución del espacio consistía en agrupar a la población por género, sub-dividiéndose según edad y características conductuales. Cada grupo habitaba una “casa” y contaba con espacios comunes como baños, sala de clases, de recreación, y habitaciones. La sobredemanda del centro se reflejaba en el gran número de camarotes que había en las piezas, separados por un metro (aprox) de distancia. Parecía una cárcel.

Durante los primeros días me sentí incomodo e inseguro, no por la relación con los niños, sino por los rostros serios de los educadores de trato directo (ETD) que parecían estar cansados de sobrellevar una rutina de encierro. No había iniciativa para desarrollar actividades, cada día era idéntico al anterior. Notaba cómo algunos perdían rápidamente la paciencia ante las demandas de lxs niñxs, pero al mismo tiempo comprendía el desgaste tras turnos de, en algunos casos, hasta veinticuatro horas seguidas.

Al paso de cuatro días cumpliendo turnos de doce horas, llegaron mis primeros días libres. Estaba recién egresado y venía cargado de energía, sabía que podía aportar al bienestar de los niños y niñas, o hacer del CREAD un espacio más entretenido. Al menos por un rato. Me retiré pensativo y motivado.

Camino a casa me detuve en un semáforo a contemplar el show de dos malabaristas. Eran muy buenos y enganchaban fácil con la gente. Mientras me fumaba un cigarro y le daba vueltas a mi sensación de libertad, me acerqué espontánea y sorpresivamente a conversar con ellos. Los invité al hogar. La idea era jugar con los niños y niñas, y juntar a todas las casas en una misma actividad. El desafío, distender el ambiente y sensibilizar los rostros y el sentir de los ETD, entusiasmarlos con el juego, reencontrarlos con la niñez. Inmediatamente aceptaron mi oferta.

El día de la actividad, entre risas, abrazos, juegos, globos, pinta caritas y malabares, se respiraba vida. Se sentía la infancia en el ambiente.

Sorprendentemente los y las ETD parecían estar disfrutando. Algunxs aprovechaban el entusiasmo y la concentración de los niñxs para hacer una pausa en sus turnos, otrxs se conectaron más de cerca con el ambiente fiestero. Se juntaron cien almas en una sola.

Este primer acercamiento a mi rol como animador sociocultural, significó mucho para mí. En lo simple del juego y la recreación se despertaron sensaciones que parecían olvidadas.

Pensé en cuánto tiempo se han desplazado necesidades tan básicas como el juego activo de los niños y niñas. La sensación de encierro, castigo y privación de libertad invisibilizaba cualquier recurso protector. La rutina parecía sostener la excusa eterna de los “bajos recursos institucionales” y facilitar los días de los adultos que día a día expresaban su sensación de cansancio y frustración.

María Montessori, plantea que el juego es el método utilizado por niños y niñas para aprender acerca de su entorno y modificarlo si este representa una amenaza. En el juego se desarrollan las bases centrales del aprendizaje y el sentido de confianza con sus pares y adultos. Puede distender ambientes hostiles y facilita los vínculos de confianza y/o amistad6.

Probablemente, si los recursos centrales del CREAD estuvieran enfocados en los intereses propios de la infancia, podría propiciar un vínculo más genuino con la institucionalidad. La sensación de deprivación, tanto de sus intereses como de sus necesidades, sumado al largo historial de vulneraciones, sin duda producen una distancia emocional entre la infancia y los hogares. Del mismo modo, produce una incongruencia técnica entre los objetivos centrales de los procesos de reparación y los recursos utilizados para interrumpir sus experiencias de dolor y exclusión. Sin disfrute no habrá bienestar ni salud.

Si una casa alberga niños y niñas, debe lucir como un lugar para niños y niñas. Es fundamental para su desarrollo que el espacio de crecimiento sea adecuado y entregue un clima coherente con su etapa vital. Lo niños y niñas se adjudican el derecho a la recreación, el juego, tiempo libre y de ocio, y es tan relevante para su evolución, como el derecho a la educación (escolar) o a la salud.

 

_____________________________________________________

1 Bajos de Mena es un sector del extremo sur poniente de la capital de Chile, que consta de 600 hectáreas, cuenta con 25.466 viviendas sociales, divididas en 49 villas. 122.278 habitantes aproximados y está emplazado en Ia comuna de Puente AIto. Posee altos índices de pobreza y características propias de territorios periféricos; elevado número de micro basurales, venta y tráfico de drogas, índices de mortalidad por delitos violentos, entre otras.

(Informe de Comisión especial investigadora sobre barrios críticos: https://www.camara.cl/verDoc.aspx?prmID=101876&prmTIPO=DOCUMENTOCOMISION)

3 Centro de Reparación Especializado, de Administración Directa.

4 La Convención sobre los Derechos del Niño es un convenio de las Naciones Unidas (CIDN) que describe la gama de los derechos que tienen todos los niños, niñas y adolescentes y establece normas básicas para su bienestar en diferentes etapas de su desarrollo. Los países que ratifican la Convención (y que por consiguiente se convierten en Estados Partes de la misma) aceptan someterse legalmente a sus estipulaciones e informar regularmente a un Comité de los Derechos del Niño sobre sus avances. (www.unicef.cl, documento 112).

Puedes encontrar una mirada crítica acerca del rol de Estado de Chile como “estado parte” en: https://www.lapala.org/revista-antologica-sobre-infancia-y-ninez-en-chile-a-proposito-de-informe-especial-81214/

5 Los Derechos Humanos son irrenunciables y no deben quedar sometidos a las voluntades, leyes o recursos de un Estado.